Momentos

Por: Soledad Arias

Hay momentos en la vida en que nos paramos a pensar un poco, o la vida misma, de una u otra forma nos detiene para que pensemos hacia dónde vamos, qué buscamos, qué queremos.

Vivimos tan sumergidos en nosotros mismos, vivimos tan sumergidos en conseguir cosas, que a veces ni siquiera sabemos que es eso que queremos conseguir, eso que queremos tener, pero corremos igual y corremos tan rápido hacia quién sabe dónde que no podemos ver lo que hay a nuestro alrededor. Mientras corremos todo pasa, pero cuando nos detenemos a tomar aire, nos percatamos de que la meta está lejos, que ni siquiera podemos distinguirla y nos asustamos y nos preguntamos si podremos llegar, y miramos para atrás y miramos para los costados y volvemos a mirar hacia ese lugar dónde queremos llegar, pero seguimos sin distinguir qué es, qué hay, quién nos espera. Pero queremos llegar. ¿Para qué? No lo sabemos, solo queremos llegar. Inflamos el pecho, aprovechamos esa ráfaga de viento que la naturaleza nos regala y una bocanada profunda alcanza para continuar la carrera.

Es menester hacerlo. Pero en un momento más que preciso, oscurece y ya es difícil seguir, el camino se nubla, la meta se pierde entre frustraciones y desilusiones. Un nuevo intento, una nueva bocanada no alcanzan para continuar y quizas una lágrima irrumpe manifestándose insatrisfecha.

Por fin nos detenemos. Despacio. Agotados. Cohibidos y una voz suave, dulce, comprensiva nos susurra. No sabemos de dónde viene, ni por qué nos habla, pero no dudamos en prestar atención a sus palabras. Es una voz tan eternamente agradable, tan parecida al sonido del mar... y nos habla de amor, de luces interiores, nos dice que dejemos de correr, que solo caminemos con esperanza, con alegría, con sueños, con lucha. Nos cuenta que la meta está acá, a nuestro lado, muy cerca, todos los días.

Che Guevara, carta a sus hijos

A mis hijos queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto: Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre Uds. Casi no se acordarán de mi y los más chiquitos no recordarán nada. Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones.

Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario. Hasta siempre hijitos, espero verlos todavía. Un beso grandote y un gran abrazo de Papá.

La hora mundial

Frases de cabecera

EL MUNDO

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso -reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.

No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Eduardo Galeano
"El libro de los abrazos"